Fin de (un) viaje

Escribo esto desde la mesa de un hostal en San José. Ni el bonito barrio de Escalante que nos rodea, verde como todo este país, con fachadas coloniales que enamoran, puede subirnos el ánimo.

Recién, hace un rato, nos hemos quedado sin casa. 

La “Toyotita”, nuestra compañera de aventuras, nuestro vehículo, nuestro refugio, ya no está.

La vimos salir por el portón de la entrada y seguir rumbo hacia nuevas (y viejas) rutas.

Pensé que iba a llorar. Pensé que verla partir, irse lejos sin nosotros arriba me iba a causar una angustia imposible de controlar.

Pero no. Mientras la miré hacerse chiquita en la distancia solo me encontré con una sonrisa dibujada en la cara.

Y eso es porque sé quién va arriba.

El comienzo

Compramos la “Toyotita”, como le decimos cariñosamente, hace poco más de 1 año.

Un deseo incontrolable (de esos que los viajeros conocemos tan bien) nos hizo subir a un avión en Inglaterra, que había sido nuestro hogar por casi 2 años, y cruzar el Atlántico hacia el segundo país más extenso del mundo: Canadá.

Una entrevista radial nos había inspirado a recorrer el continente americano, y después de meses de trabajo y ahorro nos dirigíamos a emprender la vuelta a casa.

No teníamos un plan. Solo sabíamos una cosa: para diciembre de 2018 queríamos estar en Argentina.

La idea, la fantasía si se quiere, era hacer todo el recorrido por tierra. Conocer el continente americano de punta a punta.

Pero, como todo viajero bien sabe, planear casi siempre es inútil: los mejores viajes son los que toman forma y vida propia.

Y este sí que lo hizo.

El viaje

Salimos desde Creston, British Columbia, el 10 de junio de 2017.

Nuestro verano se pasó rápido entre Vancouver Island, las montañas Rocosas y renovando la Toyotita en Calgary. Limpieza, manos de pintura y otros detalles hicieron que se sintiera cada vez más como un hogar.

Los siguientes 3 meses del otoño fueron en Estados Unidos: ciudades que habíamos visto en tantas películas, paisajes imponentes que nos dejaron boquiabiertos.

Hasta ahí el cronograma venía intacto: a este ritmo llegaríamos a tiempo para pasar la Navidad de 2018 en casa.

Pero llegó México. 

Nos lo habían advertido: cuidado con México. Es peligroso. Te puede pasar cualquier cosa.

Y sí que lo fue. Pero no por narcos, tiroteos ni ninguna de esas noticias amarillistas que vemos en la tele.

México fue peligroso para nuestro itinerario. Según nuestros cálculos, teníamos que irnos en febrero para cumplir nuestros tiempos. 

Nos terminamos yendo en abril. México nos atrapó, nos abrazó con su cultura, su gente, sus ruinas y sus playas.

Después de México, entendimos que el viaje no había que acelerarlo: había que disfrutarlo.

Llegaron Belice, Guatemala y El Salvador, y el itinerario se alargaba cada vez más.

Honduras y Nicaragua fueron de paso express, pero luego volvimos a caer en las garras de otro país que nos cautivó: Costa Rica.

Tomar la decisión

A esta altura, nos quedaban 6 meses hasta diciembre. 2 de los cuales queríamos pasar conociendo lo que nos quedaba de Centroamérica.

Eso significaba que en 4 meses deberíamos recorrer la enormidad de Sudamérica.

Lo sabíamos: era imposible. ¿4 meses para gigantes como Colombia y Perú? ¿Para las maravillas de Ecuador y Bolivia? ¿Para ver todo lo que nunca vimos del norte de nuestro país?

No había chance de que fuera a pasar.

La otra alternativa era alargar el viaje: ¿y qué tal si seguimos 1 año más? ¿Y volvemos en diciembre de 2019?

El mate está acá, todo el tiempo. Nos acompaña en cada kilómetro de viaje, en cada playa, en cada paseo, en cada parada a descansar.

Pero el asado. Y las empanadas. Y el pastel de papas. Y ni hablar de la familia, de los amigos. De cumpleaños que pasaron, nacimientos y festejos. Y nosotros acá, aún tan lejos.

Hace casi 4 años que nos fuimos de Argentina. 4 años de llamadas por Skype, de abrazos virtuales que no tienen la calidez de sentirse en casa.

4 años de comer platos ajenos, pero deseando saborear los nuestros. 4 años de conocer gente nueva, pero extrañando la que está allá.

Tantas eran (son) las ganas de volver que el viaje empieza a pesar. Lo que antes nos parecía excitante, divertido o llamativo se vuelve de a poco tedioso y aburrido.

Es extraño que algo así se vuelva tan rutinario, tan monótono como ir a una oficina todos los días. Parece irreal, pero es cierto: viajar cansa.

Y nosotros estábamos (estamos) cansados.

No quedaba otra: había que vender la Toyotita. Y volver a casa.

Diego y Natalia

Algo reticentes al principio, la publicamos a la venta en una página de viajeros. 

Inmediatamente, y para nuestra sorpresa, nos escribió una decena de personas.

Con un wi-fi de mala calidad desde un hotel en el Caribe leíamos y contestábamos a todos los mensajes. 

Entre todos esos encontramos uno de Natalia.

Con una emoción que se transmitía a través de la pantalla nos decía que se había enamorado de la camioneta, que si la teníamos, que ella y el marido estaban planeando un viaje así hace años.

Encima del mensaje de Natalia había uno de Diego.

Con la misma emoción palpable nos decía que si la teníamos ya se venía para Costa Rica, que la quería comprar, que él y su esposa, Natalia, habían soñado siempre algo así.

Tardamos unos minutos en entender, los mismos que ellos tardaron en darse cuenta que los dos nos habían escrito al mismo tiempo, sin saberlo, superados por la ansiedad.

10 minutos después estábamos hablando por teléfono, repasando los detalles mecánicos, las comodidades, y demás vericuetos. Ahí mismo Diego nos dijo: “Estamos en Panamá, si nos guardan la camioneta vamos lo antes posible y se las compramos”.

No esperábamos que fuera tan rápido. En nuestra mente, estábamos en Panamá vendiéndola, recorriendo más rutas.

¿Esto significaba que debíamos terminar el viaje en solo un par de semanas? No sabíamos si estábamos preparados.

Pero Diego y Natalia nos hicieron acordar a alguien.

Eran nosotros mismos, 1 año atrás. Hablando por teléfono con un canadiense a través del océano acerca de una camioneta que no habíamos visto nunca pero de la cual nos habíamos enamorado por un par de fotos en internet.

Eran nosotros antes de este viaje: esperanzados, con ganas de salir a explorar, de descubrir, de meterse por caminos a encontrar (y encontrarse) en el vasto continente americano.

2 semanas después de esa llamada (y varias más) finalmente nos conocimos, acá en San José.

Rápidamente nos hicimos amigos. De esos amigos viajeros que uno siente que conoce hace años.

Pero con una particularidad: nuestro viaje se convertía ahora en el suyo.

Seguir

Al principio fue raro: era como si hubieran usurpado nuestra casa. En esa mesa donde habíamos invitado a tantos viajeros a tomar un vino ahora éramos nosotros los invitados.

Diego y Natalia se quedaron 1 semana en San José. Gracias a las burocracias ticas y argentinas, los papeles y el pago se retrasaron.

Pero qué bien nos vino. 

Nos vino bien para convencernos del todo de que era la decisión correcta. La alegría y emoción de Diego y Natalia por hacer este viaje nos hizo olvidar que el nuestro terminaba.

Hablando de todas las cosas que podrían mejorarse en la camioneta, todas las rutas a recorrer, todas las paradas destacadas, era como si el viaje no terminara, sino que simplemente seguía.

La Toyotita iba a volver al camino, algunos ya conocidos, otros completamente nuevos.

Y lo hacía con dos viajeros apasionados detrás del volante, que habían soñado y trabajado mucho para lograrlo. Y eso nos satisfacía más que cualquier nostalgia por lo que se acababa.

¿Y nosotros? Bueno, el viaje termina con la Toyotita, pero sigue un par de meses.

Nos esperan ahora unos meses en Panamá: primero en las alturas de Boquete, frente al Volcán Barú. Y más adelante, en el paraíso de Bocas del Toro.

Después solo quedará volver a casa. Una vuelta que esperamos hace mucho tiempo. Y que no va a ser cómo la planeamos, pero sí como la soñamos.

Sudamérica quedará para más adelante. Para otro viaje de estos largos quizás. O más corto. Quién sabe.

Porque si hay algo que nos enseño este viaje es eso: nadie sabe. Ni siquiera nosotros. 

dejalo ir

dejalo irse

deja que suceda

nada

en este mundo

se te prometió ni

te pertenece

de todas formas

                                                           

Rupi Kaur

 

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