Tomarse un avión, bajar del cielo y pisar otra tierra

Valijas hechas.

Pesalas, mirá que no te podés pasar del límite de la aerolínea o te cobran más.

¿Tenemos todo? Se puede decir que sí (o no, para nada).

Un viaje en auto hablando de cosas triviales, saquémosle dramatismo a la despedida.

Pero no se puede. Tus amigos, tu familia, y vos subiéndote a un avión sin saber cuando volvés. Se te pianta un lagrimón (o una catarata de llanto, en mi caso).

Todo es borroso y me solo me acuerdo que nos compramos una bolsa de M&Ms en el Free Shop para comer en el viaje (ya empezamos mal con las finanzas).

Pantallita en el avión: listo, me voy a mirar 34 películas de acá a Roma. 15 minutos antes de despegar y el Pollo ya duerme plácidamente a mi lado. 4 miligramos de ansiolíticos hacen maravillas.

Yo no puedo pegar un ojo. Y para colmo encuentro “La Grande Bellezza” en la lista de pelis de la pantallita y ya me imagino en balcones romanos, tomando vino mientras miramos el atardecer sobre el Coliseo. Una cosa así, digamos:

balcon Coliseo
Lamento comunicarles que en ninguna parte de este blog van a ver esta fantasía hacerse realidad (hasta ahora)

Ya deben ser las 4 de la mañana y yo sigo despierta. El Pollo solo se despierta cada tanto para dejarme pasar para ir al baño. Lo miro fijo mientras ronca y lo envidio en silencio.

Miro 2 películas más y nada. Hasta que a las 6 de la mañana encuentro un video de “Relajación y Reiki” con ruiditos de fuentes y pajaritos (esta gente ya no sabe que meterle al entretenimiento de abordo). Apenas logro dormir una hora hasta que llegamos a Alemania.

Acá nos tenemos que bajar y hacer escala en el Aeropuerto de Frankfurt (que creo que es más grande que la ciudad) para volar a Roma.

El Pollo camina como un zombie mutando en caracol. Creo que no sabe bien dónde estamos ni tampoco parece importarle que tenemos menos de 1 hora para cruzar este aeropuerto monumental para tomar el otro vuelo.

Mientras yo prácticamente voy corriendo pasando de a 10 puertas de embarque que no son las nuestras (ponele que estamos en la 4 y tenemos que llegar a la 97), él frena y me dice que quiere parar para “ir a fumar un pucho”.

Creo que no llego a reaccionar cuando lo veo darse vuelta y meterse en una especie de caja vidriada (que se ve así) donde hay tipos de traje y señoras con colágeno y arrugas de cama solar fumando como sapos. Me da tanto asco entrar (dice la que se fumaba un atado de 20 en un día) que tengo que esperar afuera mientras miro que pasan los minutos y pienso en planes B y C si perdemos el avión (dramática forever).

Finalmente, en lo que creo fue el cigarrillo más largo del mundo en minutos escala de aeropuerto, el Pollo sale y sigue deslizándose atrás mio diciéndome que me relaje, “que está todo bien” (los milagros que hace la medicina moderna una vez más comprobados).

Agitados y con olor a pucho, llegamos a la puerta de embarque y nos subimos al avión justo a tiempo.

Nos sentamos y literalmente 1 minuto después el Pollo vuelve a desfallecer en su asiento. Ni el café, ni el sandwich que le trae la azafata lo despiertan. Ni yo, que lo pico en el brazo para que abra un ojo y mire los Alpes nevados por la ventana del avión.

A mi pareciera que me inyectaron una dosis de adrenalina o altas cantidades de azúcar procesada. No paro. Le saco fotos hasta a la alfombra del avión.

Después de 16 horas interminables, pisamos suelo romano. Acá, donde supo estar un imperio todo poderoso que conquistó medio mundo estamos nosotros, que no sabemos ni qué tren tenemos que tomarnos.

Preguntamos en un italiano más que básico (¡aguante Duolingo!) y logramos descifrar adonde ir.

El tren del aeropuerto a la ciudad (creo, por lo que he visto, como toda zona de aeropuertos) es lo menos lindo y pintoresco que hay. Campos de pastizales secos y largos con nada a la vista no es lo que uno espera ver cuando llega a Roma. ¿Y el Coliseo?

Llegamos a Trastevere y bajamos con las valijas. Ya la odio. ¿Para qué me traje todo esto? ¿Quién me manda a cargar con una mole de 23 kilos? Para colmo una de las ruedas se rompió en el avión así que la gracia de poder deslizarla pasa a ser el martirio de simplemente “arrastrarla” (me alegra informarles que esta relación íntima y conflictiva con mi valija seguirá durante todos los meses del viaje, una cosa fán-tás-ti-ca).

Nos sentamos en la parada del tranvía a esperarlo. Faltan 8 minutos para que llegue, nos dice la pantallita arriba de nuestras cabezas.

Hay sol, el cielo está prácticamente sin nubes. Es primavera y hay un vientito lindo que nos saca el calor.

Hay dos nenes en la parada de enfrente haciendo movimientos de karate al estilo Dragon Ball.

Nos miramos y nos empezamos a reír.

– Acá estamos.

 

Tranvia Roma

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