Pasado y presente en Roma

Así nomás pasaron dos semanas en Roma. Dos semanas de iglesias, monumentos, fuentes y callecitas perdidas.

Roma es esto y también aquello: iglesias monumentales y opulentas, con gente pobre pidiendo en las puertas. Recuerdos de un gran Imperio, mezclado con crisis económica. Espiritualidad a cambio de dos euros por un rosario bendecido.

Bulliciosa en el centro, con motos a toda velocidad que parecen no seguir ninguna regla de circulación. En las afueras el ritmo baja, y en los mercados hay señoras que tardan veinte minutos en elegir un zapallo.

Fabrizia (que nos hospeda en su departamento en el barrio de Monteverde) todos los días tiene algo nuevo para convidarnos. Así es que nos pasamos los días probando algún tinto de la Toscana, aceite de trufas o crepes caseros. Su hija Elena (de ocho años) nos ayuda a practicar italiano y nos escribe ejercicios en una hoja para que el Pollo y yo completemos.

A la noche, después de que Elena se va a dormir, Fabrizia mira el noticiero y putea enfrente al televisor. Nos explica que hay un debate actualmente con respecto a las leyes de inmigración y que la derecha italiana quiere empezar a echar inmigrantes. Y que los italianos piden que los extranjeros se vayan, pero no están dispuestos ellos a hacer el trabajo duro que hacen los otros.

Desde que tiene ocho meses, Elena tiene una niñera. Hoy, siete años después, cenan juntas cuando Fabrizia no está en la casa, y se ríen a carcajadas al mirar una película o contarse historias. La afinidad y cariño que se tienen es casi tangible. Ana María es rumana. Nos cuenta que vive en Roma desde hace más de diez años. Y que acá al principio no le daban trabajo porque “para los italianos todos los rumanos somos gitanos y ladrones”. Entonces pienso que es muy probable que cuando Fabrizia se sienta a la noche a mirar la tele y se enoja ante los argumentos de los políticos de derecha esté pensando en Ana María.

¿Podría uno de esos políticos sentado ahí, de traje y con gomina plástica en el pelo, explicarle a su hija de ocho años cuál es la razón por la que quiere echar de este lugar a gente como Ana María? ¿Habría argumento capaz que le haga entender a Elena que la mujer que la semi-crió y con la que tiene un lazo ya irreemplazable es para estos tipos un número más para sacar a patadas del país?

Unos días antes de irnos entramos en una librería y nos cruzamos con una copia de “El Principito” en italiano. Pienso inmediatamente en Elena y se lo compro. Antes de irnos se lo damos. Nunca lo leyó y está muy contenta con el regalo (le encantan los libros).

Al principio del libro, Saint Exupéry le dedica “El Principito” a “el mejor amigo que tengo en el mundo”. Pero no en su versión adulta, sino “cuando era niño”. Según él:

“Todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)”.

Pienso en esos señores en la tele y en lo poco que recuerdan ser niños.

Después de dos semanas, nos vamos de Roma en tren, viajamos hacia el sur.

Dos semanas solamente después de las que nos llevamos clases de historia auto-enseñadas, un nuevo amor por la comida, habiendo aprendido un poco más de italiano, y conociendo un poco más de lo que son las contradicciones del mundo.

Pero sobre todo nos vamos con ese sentimiento único que te da viajar. Ese sentimiento de que ya no sos el mismo, ese sentimiento de que ya viste, escuchaste y probaste algo que te cambió, en mayor o menor medida. Ya nos bajamos de ese avión y acá estamos, siendo nosotros mismos, pero alguien más al mismo tiempo.

 

 

 

 

 

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