Por qué somos el antitour

Viajamos desde tiempos inimaginables. Por cuestiones migratorias o comerciales, en expediciones, peregrinajes o simplemente para vivir aventuras. 

Viajamos para conocer, para experimentar, para enfrentarnos a lo desconocido. 

Pero en algún momento, y muy de a poquito sin que nadie se diera cuenta, alguien nos vendió que viajar era un avión en primera, un hotel de lujo con vista al mar y un restaurante de 5 cubiertos. Por más que estés en la India, en Mozambique, en Alemania o en la costa de México.

Y nos dijeron que si ibas a ese lugar tenías que hacer esto, esto y también aquello. Ah, y que ¿cómo que te perdiste eso?

Y por más que en la agencia de viajes te digan que vas a “conocer” Europa en 20 días o el Caribe colombiano en 10, o aunque te sientes con tu guía, el mapa y la computadora a armar todo un itinerario completo, siempre hay más muchísimos más factores que se interponen entre vos y tu viaje “ideal” (generalmente: tiempo y dinero).

Y tenemos que admitir que hemos sido culpables de esto: nos han metido tanto esa idea de “viajar” en la cabeza que cada vez que vamos a un lugar nos dan ganas de tachar todo de la lista de “obligados”.

Pero nunca pasa mucho tiempo hasta que ocurre alguna de estas tres cosas:

a) nos damos cuenta de que no es posible, las opciones son demasiadas y los recursos limitados (sí, tiempo y dinero),
o
b) el clima no nos acompaña y capaz nos convence más quedarnos una mañana leyendo en la cama y tomando mate antes que ir a un lugar bajo una lluvia torrencial,
o
c) sin querer encontramos una librería/recital al aire libre/muestra de arte/feria de comida y se nos pasa el día ahí, y nos olvidamos de A, B y C que “teníamos” que hacer.

Porque con el tiempo aprendimos que un lugar no son (solo) esos lugares que ves una y otra vez en Instagram y Facebook. Un lugar son sus calles, sus personas, sus comidas, su historia.

Y de a poco nos dimos cuenta de que nosotros estamos en ese lugar por un período limitado de tiempo, experimentando lo que pasa ahí, en ese momento. Y que jamás sería posible que veamos TODO (por más tiempo o dinero que tengamos).

Y que no hay que hacerlo todo, simplemente hay abrir los ojos y los oídos a lo que está pasando a nuestro alrededor en ese instante y agradecer el hecho de que podamos viajar en primer lugar.

Con olores nuevos, con sensaciones distintas. Con sabores y colores que nunca siquiera imaginaste. Con el cosquilleo que sentís al emprender un viaje sabiendo que pronto vas a estar en un lugar diferente.

Que tu mundo, tal y como lo conocés, está a punto de cambiar para siempre. 

Que te vas a enfrentar a cosas que no entendés, que no sabés como resolver y que te van a salir mal.

Que te vas a sentir incómodo de a ratos: porque no hablás el idioma, porque la cultura es diferente. Y que va a ser esa incomodidad lo que te mueva a descubrir y a tener ganas de entender y aprender un poco más.

Darte cuenta finalmente que el viaje es cada parte de ese recorrido, y es también los recuerdos, los amigos y las historias que te van a quedar.

Y empezar a notar que lo mejor suele pasar de improvisto, cuando doblás en esa esquina que no aparece en el mapa.

Y que no es necesario que te vayas a 5.000 kilómetros de donde estás, porque viajar no es solo eso, es tener ganas de explorar y aprender cosas nuevas en cada lugar que visitamos, por más cerca y familiar que sea. 

Es entender que hay lugares que no nos van a gustar o nos van a decepcionar.

Es darte cuenta de que no tenés que gastar una fortuna: un gran viaje no se mide nunca en dinero.

Que (casi) siempre podés explorar un lugar por tu cuenta, y que un tour solo vale la pena cuando suma a la experiencia del viaje y te brinda algo que no podrías descubrir de otra manera.

Es empezar a apreciar la fortuna de poder viajar despacio, sin tener que andar corriendo para ver 5 ciudades en 10 días.

Y es también entender que esta es nuestra manera de viajar, y que puede que no le guste o le convenga a todo el mundo.

Porque al fin de cuentas, cuando viajamos simplemente estamos tratando de encontrar nuestra propia y singular manera de ver el mundo.

 

 

Yo no viajo para ir a alguna parte, sino por ir. Por el hecho de viajar. La cuestión es moverse.

Robert Louis Stevenson