¿Son felices los daneses?

Copenhague creo que fue el lugar más inesperado que visitamos en nuestro viaje. Es la ciudad que más se “sale”, de alguna manera, de la idea que teníamos armada de lo que íbamos a ver en Europa.

Es por eso que el tiempo que pasamos ahí parece salido como de un sueño. Como algo que realmente no sucedió, sino tan solo en nuestras mentes. Porque eso parecía Copenhague: un sueño.

Durante esas semanas, hicimos housesitting en un departamento en Østerbro. Este es uno de los barrios residenciales más tranquilos de Copenhague. Aunque decir “tranquilo” aplicado a esta ciudad parezca una redundancia. Conocidos son los ránkings que suelen poner a Dinamarca entre los países más seguros del mundo y a sus habitantes entre los más felices.

daneses

Y qué no hay para ser feliz. Calles limpias, gente tranquila y relajada, impuestos altos pero que aseguran un buen nivel de vida a sus habitantes. Habitantes que no tienen que preocuparse demasiado ni por la salud ni por la educación de sus hijos. Los daneses parecen vivir ellos mismos en ese mismo sueño en el que nosotros estábamos inmersos.

Dinamarca es un país con muy bajos niveles de contaminación. La bicicleta reina en las calles de Copenhague: jamás vimos tantas juntas en un solo lugar. Tantas son, que al momento de frenar como peatón en la esquina de un semáforo, vas a ver quizás 2 o 3 autos, pero 50 bicicletas esperando pasar.

En uno de esos semáforos estábamos esperando un día. Era domingo y la calle estaba desierta. Al ver que no venía nadie ni por un lado ni por el otro  al Pollo se le ocurre cruzar la calle. No, en Copenhague eso no se hace. No tuvo ni que pisar el cordón de la vereda de enfrente para que un danés tamaño vikingo, con barbas rubias y tupidas, le empezara a despachar un reto inentendible, como a un chico de 5 años que acaba de portarse mal.

bicicletas copenhague

Las leyes se cumplen, la comida es sana y al alcance de cualquier bolsillo (local). Casi todo el mundo habla al menos 2 o 3 idiomas. Varias personas que conocimos se podían comunicar tranquilamente con nosotros en español.

De más está decir que todo esto, para nosotros, era un gran shock cultural del que no podíamos salir.

Al primer día de estar en Østerbro encontramos una bicicleta tirada en una esquina. Ahí estaba, al sol, tirada, sin candado ni nada. Camino al centro al día siguiente, volvimos a pasar por esa esquina. Ahí seguía la bicicleta, pero con un detalle diferente. Alguien la había levantado del suelo y la había apoyado contra la pared. Durante las dos semanas que estuvimos en Copenhague la bicicleta estuvo ahí, intacta. Y sospecho que puede que esté ahí todavía.

De a ratos no entendíamos. ¿Cómo puede ser esto? ¿Puede ser un lugar tan perfecto e idílico?

edificios daneses

Pero había algo que me inquietaba. Yo no podía evitar pensar que esta gente no estaba enterada de lo que tenía, porque yo no los veía exaltados de felicidad por la calle. Por más que los índices de la ONU me decía que eran los más felices del mundo.

Recuerdo que en esos días pensé en Colombia. Si me preguntan a mí, nunca he visto un país tan feliz. Lo que más me acuerdo de Colombia es la sensación de que la gente estaba siempre de buen humor, sonriente y tenía ganas de charlar, de salir, de bailar. En ese momento pensaba en los colombianos y en su felicidad casi palpable. Los daneses por lo general andaban bastante serios por la calle. Y, si bien eran amables, no parecían demasiado emocionados de vivir donde vivían.

Pero también pensaba que no, que seguramente estaba equivocada. Seguramente los daneses eran más felices, pero yo no me estaba dando cuenta.

Así pasaron dos semanas. Dos semanas de sol, aire puro, veredas limpias y bicicletas.

daneses

Varios meses después de esos días en Copenhague, me crucé en un diario inglés con una columna escrita por un noruego. Y entonces confirmé esa idea que se me había cruzado ese verano de ensueño en Dinamarca.

El tipo decía que estaba un poco cansado de esos famosos ránkings de felicidad que siempre ponían a los países nórdicos en el primer puesto. Porque ¿qué cosa puede ser más relativa que la felicidad? Para una persona en Siria la felicidad probablemente sea la paz, para una en Etiopía quizás sea un plato de comida.

Y que sí, que Noruega, Dinamarca o Finlandia son países con buenos estándares de vida, ni hablar. Pero que no solo eso hace que alguien sea feliz. Porque, por ejemplo, vivir en un país donde nieva la mitad del tiempo hace que la gente también sea muy reservada. Y esto a su vez ocasiona, principalmente, que en muchos casos las personas se repriman y se pongan muy ansiosas en situaciones sociales.

Según el columnista, si bien estos índices le decían que tenía que estar entre las personas más felices del mundo, él envidiaba secretamente a griegos, italianos o cubanos. Le fascinaba cómo esa gente podía tener una charla mano a mano, sin necesidad de un vaso de alcohol de por medio (esto es algo que también presenciamos en Copenhague: en pocos lugares hemos visto a la gente tomar tanto). Este tipo, que tenía que, en teoría, estar más feliz que cualquiera, deseaba en secreto poder divertirse, reírse o animarse a bailar en una fiesta.

¿Debe ser cierto entonces eso de que uno siempre desea lo que no tiene? Los daneses lo tienen “todo” pero aun así esa felicidad teórica pareciera no trasladarse a su vida diaria.

Más allá de eso, de índices de la ONU y de esa competencia algo tonta de saber “quién es más feliz” (¿es esto siquiera posible?), Dinamarca no deja de ser un lugar con un par de cosas para imitar.  ¿Más bicis y menos autos? Yo me anoto. Aunque también me prendo a ir a bailar un vallenato en Medellín…

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